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Nave viajera "Sereterion". Imagen tomada desde la "NHE Buena Estrella" , circunstancialmente bajo el mando del teniente Albert Wandel.
22 Junio de 3081
Estos días he dejado de escribir, aunque no por falta de acontecimientos, sino de serenidad
y tiempo. El día 17, mi sistema de teledetección encontró una nave kneip viajando a toda
velocidad, ¡y sin llevar un cometa delante! La nave se dirigía al interior de la galaxia, pero su
trayectoria indicaba que no tenían intención de detenerse en Nemo, sino cortarlo por su parte más
estrecha. Creo que ellos también me detectaron a mí, pero no me hicieron ningún tipo de señal.
Después de pensarlo mucho, decidí emitir un mensaje. Decía "nave exploradora terrestre
solicita contacto con nave que se halle en la zona para relaciones comerciales o políticas". El
día 18 recibí respuesta de una nave militar vergessina. Decía escuetamente: "contacto imposible,
demasiado peligroso. Manténgase en guardia". Una nave vergessina dando consejos. Increíble.
Todo esto me puso aún más nervioso de lo que estaba y me costó conciliar el sueño. Los
días 19 y 20 los dediqué a hacer prácticas de tiro y de combate en formación abierta contra el
ordenador, que me derribo ciento treinta y siete veces, y eso que no elegí el nivel más difícil.
Como explorador soy bastante bueno, pero me temo que como soldado dejo mucho que desear;
por algo elegí la flecha alada y no la espada para mi uniforme....
Por cierto, ahora que los nombro: nuestros símbolos nos parecen universales, pero no lo
son ni mucho menos. En cierta ocasión me llevó más de media hora explicarle a un pipistrelli lo
que es una espada, y la mayoría de las civilizaciones, que no han tenido un pasado cazador,
desconocen totalmente lo que es una flecha y el lado hacia el que apunta. Y eso sin hablar de
símbolos zoológicos, como águilas y leones, que son pura criptografía para el resto de las
culturas.
Bueno, me dejo de devaneos y regreso a los hechos de estos días, porque me ha sucedido
algo tan importante que si llego a encontrar la tierra algún día casi nadie me creerá.
El día 20, cuando me cansé de ser masacrado por el simulador de combate, me dediqué
a mirar atentamente los instrumentos en busca de más naves derribadas que investigar. A las pocas
horas encontré una nave viajera con un gran agujero en el generador de energía y
sobreponiéndome a mis deseos de largarme decidí acercarme, ponerme el traje espacial y entrar
a explorar en la nave inutilizada, que es lo mío.
En el interior me encontré con los cuerpos de cuatro viajeros y un aparato de
comunicaciones que retransmitía algo incomprensible. No sé si por culpa de los nervios o porque
daba por hecho que estarían todos muertos, pero había olvidado mirar en los instrumentos si
había actividad a bordo; si hubiera ordenado un escaneo más detallado me habría ahorrado el
susto que sufrí luego. El caso es que fui a desmontar el aparato de comunicaciones, pero cuando
pasé al lado de uno de los viajeros le toqué una pierna y el centauriano se movió y abrió los ojos.
¡Estaba vivo!
Yo, con el corazón en la boca, saqué mi arma lo más aprisa que pude y le apunté
directamente a la cabeza, pero el viajero empezó a dar gracias al cielo de que fuera un humano
mientras intentaba levantarse.
Al principio tuve miedo y lo volví a tirar al suelo de un empujón, pero luego conseguí
calmarme y me di cuenta de que si un viajero se alegraba de ver a un humano apuntándole con
un arma era porque sucedía algo realmente grave. Dentro de lo que cabe, conseguí mantener la
cabeza fría.
El viajero, desde el suelo, empezó a hacerme preguntas en idioma humano. Quería saber
de dónde había salido, si estaba allí para ayudar, si venían muchas naves conmigo y un montón
de cosas más. Lo hice callar y lo traje a mi nave junto con el equipo de comunicaciones. Sus
compañeros estaban muertos.
Cuando se dio cuenta de que yo era un simple explorador que viajaba solo, se llevó una
gran desilusión y guardó silencio unos instantes, pero enseguida volvió a la carga con sus
preguntas.
Hace dos días que viajamos juntos. Ahora sé que se llama Snorr, que era el segundo de
a bordo y que se muere de ganas de haya otra guerra entre humanos y viajeros para poder
convertirme en carbonilla. Me he alegrado mucho de oír eso, porque en la academia nos
enseñaron que si un viajero piensa atacarte nunca te lo dice, y que si te lo dice es porque no piensa
atacarte, así que cuanto más habla de comerse mis tripas crudas, más tranquilo duermo yo.
Me enseñaron además que son gente muy agradecida, al menos entre ellos, y nunca
traicionan a quien les ha prestado ayuda. Espero que sea así...
La verdad es que me intranquilizaban más los viajeros muertos que me había encontrado
que este, vivo, que llevo en mi nave. Es curiosa la mente humana.
Después de descansar y alimentarse me ha contado que del Espacio Exterior ha llegado
una raza que quiere extender su dominio por todo el Cosmos, y que es tan poderosa que todas
las civilizaciones de nuestro universo conocido han tenido que firmar una alianza para hacerles
frente. Sólo los skag se han puesto del lado de los recién llegados.
Los skag del pentasistema, un conjunto de cinco estrellas con cinco planetas cada uno, son
una raza de seres pequeños y fieros, pero con tecnología muy primitiva. El problema es que los
merot, que así se llama a los invasores, les han facilitado armas modernas y ahora son
verdaderamente temibles.
Según me ha dicho Snorr, los merot son justo lo contrario de los viajeros. A mí, a primera
vista, eso me pareció un cumplido para ellos, pero se refería únicamente a su aspecto, porque son
negros y visten completamente de blanco.
Se sabe muy poco más de esa civilización. Sus naves son rapidísimas y utilizan armas de
antimateria, tal y como yo había sospechado.
Los skag, por su parte, desde que han recibido ayuda dominan otros cuarenta planetas,
todos deshabitados, pero en el área de influencia minera de otras civilizaciones.
En el otro lado de la balanza están los viajeros, los vergessinos y los sorprendentes kneip,
que han salido de su mutismo. Se cuenta también con el apoyo de otras razas menores, que
prestarán sobre todo asistencia táctica. Lamentablemente para mí, nadie sabe de los humanos. Soy
precisamente yo el que informa de que se proyectaba un traslado hiperespacial del planeta y de
que no tengo cochina idea de dónde se les puede encontrar ahora. Al parecer, estas indicaciones
mías, lejos de bajar la moral de la Alianza como sería lo lógico, ha sido un gran motivo de alegría,
pues se había extendido el temor de que los merot hubieran volatilizado la Tierra con sus armas
de antimateria.
El más desilusionado ha sido el viajero que llevo conmigo, que esperaba que mi nave fuera
la avanzadilla de una flota que llegaba en misión de refuerzo. Cuando le dije que era un explorador
perdido prometió no matarme antes de comerse mis pulmones, lo que, traduciendo, significa que
da gracias al Cielo por haber sido rescatado por el único humano localizable de todo el Universo.
Después de pensarlo mucho le he dicho a Snorr que tengo intención de llegar al planeta
La Jodimos para conseguir el equipo de otro explorador terrestre. No tengo a nadie más, así que
tendré que ser sincero con esta mala bestia viajera hasta que vengan los suyos y se lo lleven. Si
es que viene alguien, claro, porque no parece que esté la cosa para muchas alegrías.
Le he contado toda mi historia y el muy canalla se moría de la risa cuando supo que
habíamos sido alcanzados por una sonda durmiente. Según él, esos cacharros son tan inofensivos
que hace años y años que se han dejado de fabricar. También le hizo mucha gracia que no
encontrara mi planeta cuando conseguí regresar al Sistema Solar, pero en cierto modo creo que
ha comprendido mi angustia y su risa no me ha resultado ofensiva. Lo que más le ha gustado, no
obstante, fue mi idea de enterrar a Alexis en Marte, junto al monumento a los caídos; en eso
coincide plenamente con mi sentido del humor, y hasta se ha sorprendido de que a un humano se
le pueda ocurrir una idea tan genial. Debo estar necesitado de cumplidos, porque hasta
procediendo de uno de esos salvajes me ha agradado el comentario.
El viajero se mostró entusiasmado con la idea de ir a buscar el equipo de Silva. Se le ve
enseguida que tiene tantas ganas como yo de encontrar la Tierra, aunque por distintas razones.
Lo mejor de toda esta historia fue cuando le dije al viajero que tenía miedo de adentrarme
en la galaxia porque no sé combatir. Él, ni corto ni perezoso me pidió que le dejara los mandos
de la nave.
Debo de estar loco, pero accedí, y el oficial centauriano se pasó un par horas machacando
a las pobres naves que el simulador representaba en la pantalla. No le dieron ni una sola vez.
Parece que ese condenado y piojoso simulador se ha encontrado con la horma de su zapato.
Ya no tengo tanto miedo de ser atacado, pero si algún día se enteran en la Tierra de que
he dejado pilotar mi nave a un oficial militar viajero me fusilarán en cuarenta y ocho paredones
diferentes...
...Aunque siempre queda la posibilidad de pedir asilo a los viajeros. ¡Dios mío, cómo
cambian las cosas!
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