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25 de Junio de 3081
Hoy, por fin, hemos salido de Nemo. El que dijo que se está mejor solo que mal
acompañado no había estado solo mucho tiempo. Aunque a toda velocidad, me lo pensé mucho
antes de llevar al viajero a mi nave, pero ahora me alegro sinceramente de haberlo hecho. Estoy
disfrutando realmente con Snorr, y eso que no se puede decir que un viajero sea buena compañía
para nadie, salvo para un tiranosauro, o un sumi de Arsilia
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.
Poco a poco me he ido acostumbrando a responder a sus amenazas con otras no menos
brutales y eso ha mejorado mucho el ambiente a bordo. Ahora, cuando al ver la comida él me
promete que usará mi lengua para dar vueltas a un plato de azufre, yo le prometo que ensartaré
sus orejas en un alambre oxidado, y así, mano a mano, nos comemos la bazofia vegetal que nos
prepara la cocina automática a partir de la verdura que recogí en el Planeta Azul de Altaír.
Comer hierba es muy desagradable para mí, así que para un viajero tiene que ser algo
realmente insufrible. Hace una horas Snorr estuvo comentándome que en las pasadas guerras los
viajeros se comían los cadáveres de los humanos muertos. A mí me pareció horrible, pero
contraataqué diciendo que a los suyos los quemábamos en las centrales energéticas, lo que le
pareció tan espantoso que permaneció un rato callado. Los viajeros creen que el cuerpo debe ir
a parar a la tierra o al Cosmos para que el alma tenga tiempo de desprenderse, porque si se
quema, el alma no tendrá tiempo de huir y se quemará también. Es la primera vez que consigo
horrorizarle más que él a mí, y lo peor de todo es que es cierto que hacíamos eso.
Snorr lleva toda la mañana dando voces por el sistema de comunicaciones: al parecer ha
detectado a otras naves viajeras y está pidiendo que se acerquen a nosotros. Los problemas han
empezado cuando él les dijo que iba a bordo de una nave exploradora de la Tierra acompañado
de un humano, que además es el que tiene el mando.
En estos tiempos de zozobra los viajeros ya no son enemigos declarados de los humanos,
pero seguimos sin hacerles demasiada gracia. Por eso los compañeros de Snorr no querían creerse
que estuviera en una nave terrícola, máxime cuando hace tiempo que los humanos han
desaparecido sin dejar rastro.
Al parecer, la flotilla se unirá a nosotros dentro de unos días para escoltarnos hasta el
lugar donde murió Recaredo Silva. Deben de considerarme algo así como una piedra preciosa y
no quieren correr riesgos; la verdad es que con esta compañía tengo incluso cierto cargo de
conciencia por buscar la Tierra, pero no cabe duda que es mejor que estén prevenidos por lo que
pueda venir. Si decidiera abandonar la búsqueda para no llevar a los viajeros hacia el planeta, tal
vez lo lamentaría luego, porque esos merot, de los que yo mismo he visto las obras, son una
amenaza mucho más peligrosa que todas las conocidas hasta ahora. Seguro que si encuentro la
Tierra en su compañía también llegaré a lamentarlo, pero como el dilema no tiene solución,
prefiero optar por el camino que más me conviene personalmente, y así, si me equivoco, me
equivocaré al menos en beneficio mío.
Por fortuna o por desgracia, la academia militar de los viajeros es mejor que la nuestra y
Snorr habla perfectamente el idioma humano. Si tuviéramos que comunicarnos en aitse, el idioma
viajero, yo lo pasaría realmente mal, porque ni me interesé mucho por aprender su idioma ni, la
verdad, hicieron gran hincapié en la materia. Los viajeros se han mostrado siempre muy poco
comunicativos y menos amigos aún de la negociación, con lo que sólo es importante conocer su
lengua si se va a ocupar un alto cargo. Para los pilotos de grado medio y bajo basta con saber
cómo enfrentarlos, que no es poco, la verdad. De todas maneras, no me saco de la cabeza que
conocer su idioma puede ser también un buen camino para hacerles la guerra, porque el idioma
es una magnífica plasmación de la mentalidad, de la estructura del pensamiento que lo creó. Esta
idea, sólo apenas esbozada por Gardeli, sin duda el mejor de los profesores que tuve en la
academia, ha sido durante el tiempo que estuve solo el principal tema de conversación con el
ordenador de a bordo, que no ha hecho más que confirmarla con sus análisis.
Desde que no estoy solo a bordo he dejado de jugar al ajedrez con el ordenador y lo hago
con mi pasajero, que por cierto, tiene un nivel bastante bueno para tratarse de un juego no muy
practicado en su civilización. Además conoce unas cuantas variantes curiosas, muy acordes con
los gustos de su gente, que estoy aprendiendo a toda velocidad
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.
El ajedrez y el poker son jugados en el planeta de los viajeros igual que en la Tierra se
juega a pesos y contrapesos
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. Cuando hay una guerra entre dos pueblos es normal que se
produzcan intercambios culturales a través de los prisioneros. Seguramente sea eso lo único que
nuestras culturas han sacado en limpio de tanto enfrentamiento. Eso, y un montón de avances
tecnológicos, claro. A veces me pregunto si la guerra no será un mecanismo natural de defensa
y progreso. De defensa contra la apatía y el anquilosamiento y de progreso por la necesidad de
buscar mejoras capaces de ofrecer una ventaja significativa frente al enemigo. Sin guerras, el
Universo hubiera sido mucho más tranquilo y feliz, pero también mucho más atrasado, ¡y qué
demonios!, ¡mucho más aburrido!
Pero eso, claro está, se piensa sólo de las guerras del pasado, de las que sufrieron otros.
Las que uno tiene delante no son ni tan útiles ni tan emocionantes; simplemente son estúpidas y
peligrosas, aunque sean necesarias, como esta en la que estamos envueltos. No podemos dejar
todos nuestros mundos en manos de esos merot: la defensa de lo propio no es un derecho, es una
obligación. En eso coincido con los viajeros.
A mí mismo me extraña un cambio tan rápido. Hace sólo unos días me ponía enfermo con
sólo pensar en la posibilidad de encontrarme una de sus naves, y ahora me encuentro más
tranquilo sabiendo que el que llevo a bordo es un buen piloto y puede sacarme de un apuro. Al
final va a ser verdad aquello que leí una vez sobre que el miedo procede más de la imaginación
que de la cautela.
De pronto me he dado cuenta de que llevo toda la vida odiando a los viajeros y ahora que
vivo con uno de ellos lo único que le encuentro realmente negativo es que ronca como una
turbina. Teniendo en cuenta que Alexis, mi compañero de exploración, también roncaba, ¿dónde
está el abismo insondable que separa a viajeros y humanos?
Quizás la diferencia resida en el modo de ver la vida, en la forma de entender lo que
merece la pena y lo que no la merece. Nosotros, los humanos, buscamos a toda costa la paz, el
placer y la comodidad; los viajeros buscan el fuego y la gloria. Nuestra aspiración es morir de
vejez, con toda nuestra familia alrededor; ellos quieren morir luchando, sin llegar a conocer nunca
la decadencia de la vejez: cuando un viajero siente que se está haciendo viejo se lanza a una
aventura suicida para evitar la vergüenza de la decrepitud. Nosotros amamos la luz, por la
seguridad que da; ellos aman la noche porque los mantiene en guardia. A nosotros nos gusta sentir
cómo el sol nos acaricia con sus rayos; ellos aman el viento que los golpea torneándoles los
músculos. Nosotros amamos las flores porque son bellas; ellos aman las tormentas porque son
fuertes.
Creo que ha sido todo esto, más que un choque de intereses, los que ha provocado la
enemistad que desde hace tiempo nos enfrenta. Nunca hay tanto odio como cuando no se
comprende, y nuestros dos pueblos no se comprenden en absoluto.
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