El planeta Ojos de Muerte según imagen captada por la nave exploradora "NHE Blops", del comandante Sorahi Kenshoughi

 

31 de mayo de 3081

 

 

            Según los cálculos más optimistas aún faltan diecinueve días para llegar a Nemo, el sistema que nunca existió, como decía su descubridor. Si no se aleja mucho de mi camino me gustaría visitar el lugar donde está el cadáver de Silva, el planeta La Jodimos.

            Bueno, en realidad pensaba ir a ése sitio aunque estuviera en la otra esquina de la galaxia. Allí tiene que estar aún su nave, y en ella su aparato de comunicaciones, ¡y yo necesito urgentemente un equipo de comunicaciones para poder ponerme en contacto con alguien! El cacharro con el que emito mis mensajes de socorro no sirve para nada.

            Según los mapas, el planeta debe de estar a unos tres parsecs de mi trayectoria, y digo debe de estar porque según Silva ese planeta tiene unas de las órbitas más largas e irregulares que se conocen. De no ser por eso y por su gran tamaño, nunca hubiera capturado a un piloto tan experimentado como él por muy averiada que estuviese su nave. Footnote

            Si consigo el equipo de comunicaciones podré por lo menos ponerme en contacto con las naves de otras civilizaciones, aunque lo tendré que hacer palabra por palabra, porque tengo el traductor tan averiado como el resto del equipo y en la época de Silva no se instalaba ese equipo en las unidades pequeñas.

            Si logro trabar contacto con alguien tendré que redactar mis mensajes usando el ordenador, y no sé como estará JOB programado para estas cosas. Pienso grabar mensajes en los idiomas de todas las civilizaciones pacíficas: para encontrar un viajero es mejor no encontrar nada.

            Sería totalmente descorazonador que alguien se me hubiera adelantado y se hubiera llevado las partes útiles de la nave de Silva. Entonces tendría que buscar a Kenshogui, el explorador que murió congelado en el planeta que él mismo bautizó como Ojos de Muerte. Allí seguro que no han ido a buscar su nave, sobre todo porque nadie sabe que está allí, y, además, seguirá oculta por la nieve y el sistema electrónico de mimetismo.

            Pero eso está demasiado lejos... aunque, la verdad, no veo como algo puede estar demasiado lejos para el que no tiene otro sitio mejor a donde ir.

            Estos días he estado pensando qué haría si me cansara de vagar por el espacio y no me sintiera con fuerzas para quedarme a vivir en un planeta solitario. Puede que se me esté ablandando la sesera, pero lo más bonito me parece hacer caso de la leyenda y tratar de pasar al otro lado del Universo, allí donde reposan las almas de los muertos.

            Me lanzaría hacia un agujero negro para comprobar si tienen salida por otro lado, pero ni siquiera me importaría el resultado, pues fuera como fuese me hallaría entre los muertos. Así, si por una mala jugarreta de esta nave, el tiempo estuviera pasando más despacio para mí, podría reunirme con todos a los que amé y que murieron de viejos esperando que regresara este pobre explorador. Me horroriza pensar eso.

            Afortunadamente, el sistema de Nickelmann evita la deformación del tiempo en velocidades próximas a la de la luz, pues al no ser propiamente una alta velocidad lo que se experimenta no se llega a deformar el espacio-tiempo.

            Lo más gracioso de este asunto, verdadero nudo central de todas las preocupaciones técnicas durante años, y siglos incluso, fue que cuando al fin se pudo aproximar una nave a la mitad de la velocidad de la luz, resultó que la aceleración afectaba según lo previsto a los relojes, pero sólo a los relojes. Era cierto que a mayor gravedad, más despacio funcionaban todos los archiprecisos relojes, pero la nave regresaba a su base justamente en el día y la hora fijadas en la Tierra. Regresaba con un reloj atrasado, pero sin novedad y sin retrasos Footnote . Se probó luego a embarcar diversos animales de ciclo biológico conocido, microorganismos sobre todo, y resultó que el plazo de sus vidas no se alargaba en absoluto respecto a nuestro sistema de referencia, por más que la nave se hubiera acelerado a una u otra velocidad, con lo que respiramos todos aliviados, incluso los que no habíamos nacido. De no haber sido así, creo que tendrían que haber construido y programado robots exploradores, porque ir lejos es una cosa, pero saber que volverás cuando para los demás hayan pasado cien años es demasiado grave para que lo acepte alguien que no sea un suicida, y una clase muy particular de suicida además, porque una cosa es lanzarse adelante, al vació, en un momento de arranque y otra muy distinta saber que dejas atrás todo lo que has conocido. Suicidarse es posible porque es un acto instantáneo, pero si el suicidio fuera un acto constante y continuado muy pocos o ninguno tendrían el coraje necesario para llevarlo adelante, muy pocos vencerían la tentación de dar marcha atrás y volver a casa con su nave, cuando aún no hubiera transcurrido demasiado tiempo.

            El espacio es un enemigo mucho más benigno: se le puede doblegar. Al tiempo sólo se le vence con la muerte, cuando todo pertenece al infinito. Y a victorias como esa no hay quien les levante un obelisco.

 

 

 

 

 

 

     

 

 

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